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domingo, 3 de abril de 2011

Tolerancia y permisivismo


Tolerancia y permisivismo pueden parecer, a primera vista, sinónimos. No lo son. La tolerancia es permisiva, no permisivista. Y el permisivo no es tolerancia, sino hipertrofia, enfermedad de la tolerancia en exceso. En la tolerancia se da permisividad. En el permisivismo hay también permisividad. Pero con una diferencia cualitativa. En la tolerancia la permisividad está limitada. En el permisivismo carece de límites. La permisividad es en sí misma moralmente lícita. El permisivismo, no.


La tolerancia, como norma moral genérica y como criterio aplicativo de conducta, es perfectamente legítima. Se da, o no puede darse, en todos los ámbitos de la vida humana. En el civil y en el eclesial. En lo personal y en lo comunitario. En la familia y en toda formación social. La parábola del trigo y la cizaña posee el valor de paradigma práctico también para la vida temporal en sociedad.


En materia de tolerancia hay que distinguir dos planos: la quaestio iuris,o sea, la legitimidad radical del principio regulador; y la quaestio facti, es decir, aplicación particular, derivada, del principio a un caso o situación concretos. En el alto nivel de la quaestio iuris, operan dos criterios evidentes.


Primero: sólo el bien moral objetivo tiene derecho al reconocimiento expreso y al apoyo pleno por parte de la ley positiva. Segundo: La ley positiva no puede ordenar lo que es objetivamente malo, pero si puede no impedir, no castigar, no penalizar, o sea, tolerar, ciertos comportamientos inmorales y por tanto ilícitos. Ninguna autoridad humana, ningún estado, ninguna comunidad de Estados, sea el que sea su carácter religioso, pueden dar un mandato positivo o una positiva autorización de enseñar o hacer algo contrario a la verdad religiosa o al orden moral.


Un mandato o una autorización de este género no tendrían fuerza obligatoria y quedarían sin valor. Por otro lado, la realidad enseña que el error y el pecado se encuentran en el mundo en amplia proporción. Dios los reprueba, y, sin embargo, los deja existir. Por consiguiente, la afirmación: el extravio religioso y moral debe ser siempre impedido, cuanto es posible, porque su tolerancia es en sí misma inmoral, no puede valer en su forma absoluta e incondicionada.


La quaestio facti consiste en examinar y decidir si en una situación determinada se debe soportar la presencia de un mal moral, ponderando los pros y los contras de su no castigo o de su prohibición. En esta ponderación, en el caso de la ley positiva, es el bien común, entendido en su total plenitud, el que tiene la palabra decisoria. Y es el gobernante, como gestor del bien común completo, quien tiene que decidir conforme a la moral objetiva.


En esta objetividad está el quid del acierto en la decisión tolerante. Cuando el sujeto decidor ante el caso concreto respeta el orden moral objetivo y mantiene el plenario sentido correcto del bien común, la tolerancia está moralmente justificada. Cuando el gobernante no reconoce ese orden moral objetivo y extiende indebidamente el área de la permisión, la tolerancia, la permisividad no son tales, han degenerado en lo permisivo. ¿puede la tolerancia ampliarse a todo? ¿Puede la permisividad cobijar, despenalizar, no reprimir cualquier conducta inmoral? Es la pregunta, grave, a la que hay que responder ahora. La elasticidad de la tolerancia es limitada.


El permisivismo aboga por una tolerancia sin fronteras. Pero hay valores y hay bienes ante cuya trasgresión no cabe permisión alguna. Existe, pese a las argucias de todos los relativismos, un cuadro de valores que no pueden quedar protegidos bajo la sombrilla de la tolerancia. Está dice no al aborto; el permisivismo, si. Ante las pretensiones de reconocimiento jurídico de la homosexualidad, la tolerancia las niega; el permisivismo, las acepta.


La tolerancia no admite la eutanasia; el permisivismo la admite. Aquella rechaza todo incesto; éste no tiene dificultad en admitirlo. La tolerancia no admite la pretendida pluralidad de nuevas formas familiares, el permisivismo no sólo las acoge, sino que las fomenta. Estamos llamados a una movilización general de los espíritus, a la que deben incorporarse en primera línea las nuevas minorías de choque para hacer frente a los ataques de las ideologías deshumanizantes. El laicismo ha levantado los nuevos becerros del oro y del placer.


No cabe la abstención. El mal avanza. El bien no tiene porque retroceder. Todos y cada uno estamos llamados en primera persona. Ninguno puede escamotear su respuesta personal. Cada uno tiene ocasión de responder con su esfuerzo desde el estado de vida y desde la situación personal en que se encuentra. Pero cuantos pueden destacarse en este servicio de defensa y sobre todo de promoción del bien genuino del hombre amenazado y de la gloria de Dios debida, tienen que situarse en los puestos de vanguardia.


La crisis más peligrosa que puede afectar al hombre es la confusión entre el bien y el mal, la cual imposibilita el construir, el conservar el orden moral de las personas y de las instituciones y que llega con audacia insolente a convertir paradójicamente la conducta que es delito en derecho consagrado. “sed discípulos de la verdad hasta las últimas consecuencias, aun cuando debáis soportar la incomprensión y el aislamiento”.


No cabe ceder ante las presiones demagógicas de grupos de presión, que no tienen en cuenta el bien de la sociedad. Hay que evitar la sensación de impotencia, que la comparación entre las fuerzas humanamente poderosas del adversario y las fuerzas divinamente débiles de la evangelización puede suscitar. Débiles, pero también poderosas.


Frente a los nuevos Goliat hay que recurrir a las energías de David. En el mundo de hoy, como en el mundo de ayer, se alzan poderosas estructuras de pecado y también se levantan consistentes estructuras de la virtud. Si la cizaña construye pirámides del vicio, el trigo edifica templos de la virtud.


El valor santificador de lo diario puesto al servicio de Dios y del prójimo contrapesa con eficacia providencial los desórdenes convulsivos de las ideologías que niegan a Dios y con ello niegan también inexorablemente al hombre. No debe olvidarse la estima que Dios hace de la virtud incluso en situaciones generalizadas de pecado.


El diálogo de Abraham con Yahave ante Sodoma es divinamente definitivo (Gn 18, 23-33)


Tenemos para ello las advertencias del Señor que siguen manteniendo toda su dinámica activa en la nueva evangelización. Primera advertencia: La permanencia de su palabra. “El cielo y la tierra pasarán; mis palabras no pasarán (Mc 13,31).


Todas las grandes palabras humanas de la historia están condenadas al olvido o al recuerdo meramente académico. Ostentan una insalvable transitoriedad. La palabra de Jesús no conoce ocaso, ni cesuras, ni hiatos de tiempo. Continúan resonando con la inmediatez y la fuerza con que fueron pronunciadas, inmunes a las distancias y espacio. “las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida (Jn 6,63) “son palabras del padre” (Jn 12, 48-50)


“ Les he comunicado las palabras que tu me diste” (jn 17,8), las cuales serán la tabla de examen de todos, hombres y pueblos, en el último día. Segunda sentencia: el poder de Cristo. (Mt 28,18) “Me ha sido dado por el Padre todo poder en el cielo y en la tierra” Tercera: La presencia perpetúa. “Yo estoy con vosotros hasta el final de los tiempos” (Mt28,20).


Presencia que no se limita a la asistencia individualizada, sino que se extiende también poderosamente divina a la sociedad, a los pueblos, a la historia, a la cultura y a las religiones, a la entera familia humana. Cuarta: La promesa del Espíritu Santo (Lc 24,49).


“yo os envío la promesa de mi padre a vosotros. Promesa anticipada en el Cenáculo: “El espíritu Santo, que el padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas y os traerá a la memoria todo cuanto os he dicho” (Jn 14,26).


“Estará con vosotros para siempre (Jn 14, 16-17). “ El os llevará a la plenitud de la verdad...porque tomará de lo mío y os lo anunciará” (Jn 16, 13-14).

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